De vez en cuando algún domingo me golpea la cara.
Como hoy.
Uno de aquellos domingos de invierno en los que se te hielan antes los recuerdos que las manos. En los que la distancia no hace más que alejar el olvido y el olvido, por lo tanto, se sienta a mi lado preguntándome cómo.
Que cómo quiero hacerlo, que qué pautas le doy para conseguir un objetivo tan triste como sinsentido:
Olvidarte.
¿Por qué se empeñarán todos en usar al olvido? En mi caso se que su labor está en otra parte, que yo no quiero pasar las páginas de mi memoria si en los recuerdos no sales tú. Que me enseñaste tanto ayer que si me olvidara de ti estaría renunciando hoy a una parte de lo que soy.
Y, por eso, no quiero olvidarte.
No quiero renacer sin las decisiones que un día tomé, sin las sonrisas que un día sentí y, por supuesto, sin los te quiero que día si día también se me escapaban entre los labios
Así que mientras se me escapa algun recuerdo congelado, de esos muchos que tengo a tu lado, repaso la lista de motivos por los que no pudo ser. Un montón de razones que se engloban en una sola.
Que a veces, con querer, no es suficiente.
Y es que lo he intentado.
He intentado no sentir tanto para, de ese modo, evitar hacerme daño. El problema es que te siento incluso sin sentir. Porque no sé si se me rompió antes el futuro o el corazón.
Lo siento.
Porque luché durante tanto tiempo por cuidar lo nuestro que me olvidé de cumplir las promesas más importantes: las que un día me hice a mí. Y hoy, tratando de reencontrarme conmigo misma, me doy de bruces con lo que más me duele: la certeza de que luché hasta el final por que nuestro futuro nunca fuera nuestro pasado.
Así que ahora, con mi presente entre las manos, tengo que dejarte ir como la arena escurriéndose entre mis dedos. Los mismos dedos que, hace unos días, entrelazabas tú con los tuyos.
Así que sí.
Imagínate cuánto dueles.
Pero dejarte ir
Es comenzar de nuevo.
Empezar otra vez pero, ahora, con todo lo que has aprendido. Con tus errores y con tus virtudes, con tus éxitos y con tus fracasos, con lo que te dieron y con lo que te faltó cuando mas lo necesitabas.
No se trata de desandar el camino recorrido, tampoco de borrar las huellas que te trajeron hasta aquí. Se trata de continuar en otra dirección, en aquella en la que no necesites perderte para encontrarte.
Aquella donde, ahora, la brújula no seas tú.